Casa Madre, a los pies de la Sagrada Família

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Pan de coca cristal con tomate, anchoa del Cantábrico, boquerón en vinagre y croqueta de pollo con mayonesa de trufa; eso para abrir boca. Luego, vienen las albóndigas (con la modernización de un suave toque de canela) y los guisantes lágrima. Para acabar por todo lo alto: el socarrat de quinoa con verduras, el arroz del senyoret y la suave picaña de vaca vieja madurada de Albert Torrella. Estamos en Casa Madre, una casa de comidas con mayúscula para admirar los pies de la Sagrada Família sin perder bocado.

El templo expiatorio “acecha” en las alturas si elevamos la vista. Tanto, que parece doblegarse. “Tenemos una terraza espectacular, es así. En una de las calles más bonitas de Barcelona”, expone orgulloso Leo Chechelnitskiy sobre su último restaurante que, en realidad, podría decirse que fue el primero.

Hace 25 años que su madre abrió en este mismo número 11 de la Avinguda Gaudí un bar popular de tapas llamado Intertapa al que el también dueño de Sasha Bar y Babula 1937 tenía unas ganas infinitas. “Fue el local donde yo empecé con mi madre y mi abuela a saber qué era el mundo de la restauración; venía aquí de adolescente y he pasado muchas horas”. Criado por esas dos féminas, reconoce que él se dedica a este oficio, pero a ellas “les vino dado”. Y ahora que ha hecho los deberes haciéndose un pequeño nombre con su grupo No Hay Mañana es cuando ha podido dar el salto. “Hacía años que quería quedármelo y montar algo mío aquí. Pero no había manera. Al final, ha sido ahora. Es mi proyecto más personal”, resume.

El guiso lento se reivindica en la carta, en varias elaboraciones, y el producto de temporada estricto. El rabo de ternera tradicional al vino tinto, el bacalao a la donostiarra, el canelón de pollo con setas y bechamel trufada. Todo para mojar pan.

Han sido suficientes 40.000 euros para adecuar la vajilla, el menaje y dar aire a un interiorismo presidido por una barra coctelera con ocho asientos desde los que divisar como Diego Geovanny hace fácil el arte de servir cualquier combinado -para los entrantes, un HUGO (Saint Germain, cava, zumo de limón y menta); para los segundos, el BEER DRIVER (cerveza de barril, zumo de limón, cordial de pepino con jengibre y Angostura-. Un muestrario de 14 cócteles con base vínica de vermut o aperitivo, además de unas 20 referencias nacionales e internacionales de vinos con rayana calidad-precio. “Poquito, la verdad, el local estaba montando. Son 150 metros cuadrados en el interior para 24 comensales. Mi madre tenía un local mucho más concurrido, pero a mí me gusta dar aire y espacio a la gente, y más ahora”. Siete mesas de terraza completan el servicio, y, claro, son las más concurridas.

Han hecho falta 10 personas -“y me faltarían más”- para dar ese servicio atento pero relajado que ya es seña de la casa. Santiago Gonzales, junto a su mano derecha Aitor Martínez, asisten en la sala y el chef Pol Bigorra es el fichaje estrella de la cocina.

En un momento en el que muchos negocios cierran (también en la zona), Chechelnitskiy se aventuró a abrir hace justo tres semanas con la promesa interna de “dar algo mejor al barrio, subir el nivel y que la gente que reside encuentre lugares más allá de la oferta turística”. Un poco en evocación de aquellos felices 90 en que las casas de comidas gallegas y sus pulpos a feira copaban las mesas de esta soleada avenida. “En Babula estamos tan llenos que muchas veces acabo llenando este local con gente que migra aquí desde allí porque no tengo sitio”. Pas mal.